Rayco González
Hay un guiño irónico del destino en el hecho de que un hombre que dedicó su vida a rastrear las huellas de los olvidados y subalternos, que dominan la nocturnidad, termine sus días en la noche que va del 16 al 17 de junio, a los 87 años y en Bolonia. Nos ha dejado Carlo Ginzburg.
Quienes habitamos el universo de los signos —pues como semiólogo, y como su antiguo pupilo, escribo estas líneas— sabemos que, entre su vasta obra, Historia nocturna (1989) no fue solo un libro, sino un manifiesto metodológico. Su subtítulo, Un desciframiento del aquelarre, era ya toda una declaración de intenciones que dialogaba cómplicemente con la semiótica italiana que por aquellos años echaba profundas raíces en el mundo académico. No era un terreno inexplorado para él. La fama le había asaltado muy joven, a los veintisiete años, cuando publicó Los benandanti, un análisis de un extraño culto pagano-chamánico de la región del Friuli, compuesto por pequeñas congregaciones rurales que, mediante encarnizadas luchas oníricas, protegían las cosechas de la intervención de los brujos (los “malandanti”). Al indagar en el origen precristiano de estos caminantes del sueño y en su posterior colisión con la Inquisición de los siglos XVI y XVII, Ginzburg hizo algo inaudito: leyó las actas de los procesos inquisitoriales no con los ojos del historiador positivista, sino con la lupa del semiólogo, escudriñando las mentalidades a través de las fracturas del discurso oficial.
El nexo entre su historiografía y la disciplina semiótica no es una mera conjetura; él mismo lo reivindicó. Existen tres momentos donde Ginzburg asume abiertamente una mirada semiótica, comenzando por aquel ensayo magistral incluido en La crisi della ragione (editado por Aldo Gargani): «Espías. Raíces del paradigma indiciario». Allí, Ginzburg exhumó a un autor de escaso renombre fuera de los cenáculos del arte, pero que alteraría para siempre el oficio del historiador: Giovanni Morelli.
Bajo el seudónimo de Ivan Lermolieff, Morelli había propuesto entre 1874 y 1876 un método revolucionario para desenmascarar falsificaciones pictóricas. El método morelliano no se detenía en la inefable sonrisa de las Vírgenes ni en las grandes composiciones, sino en los detritus de la obra: la forma de los lóbulos de las orejas, el contorno de las uñas de las manos y los pies. Eran estos detalles marginales, ejecutados de forma casi inconsciente, los que traicionaban al copista. De Morelli se llegó a decir que sus manuales parecían el catálogo obsesivo de un descuartizador, una galería forense en busca de la autoría perdida. Sin embargo, este rastreo de la esencia en la insignificancia tuvo un eco formidable: permeó a los connoisseurs como Bernard Berenson, asomó en la Rayuela de Julio Cortázar, dio forma a la lógica detectivesca del Sherlock Holmes de Conan Doyle y fascinó a Sigmund Freud, quien no dudó en señalar que el método del historiador del arte estaba «estrechamente emparentado con la técnica del psicoanálisis».
A partir de esta genealogía, Ginzburg erigió su célebre «paradigma indiciario», un modelo analítico que hermanaba el escrutinio de Morelli con el modelo inferencial del semiólogo Charles Sanders Peirce. Fue precisamente esta abducción peirceana la que propició que años más tarde, en 1983, Umberto Eco y Thomas A. Sebeok invitaran a Ginzburg a sentarse a la mesa de aquel fascinante banquete intelectual titulado El signo de los tres: Dupin, Holmes, Peirce. Allí, en un diálogo polifónico con sociólogos como Marcello Truzzi, matemáticos como Wulf Rehder y lógicos como Jaakko Hintikka, Ginzburg demostró cómo el historiador, el detective de ficción y el filósofo pragmatista operaban bajo una misma matriz cognitiva: la de leer lo invisible a través de los rastros visibles.
Pero si hay una obra que lo consagró en el panteón internacional, esa es El queso y los gusanos (1976). Haciendo gala de un talento narrativo excepcional —digno vástago, al fin y al cabo, de la escritora Natalia Ginzburg—, el historiador turinés reconstruyó el cosmos de Domenico Scandella, alias Menocchio. A través de las actas inquisitoriales, Ginzburg rescató la voz de un personaje extraordinario que, aun sin saber leer y escribir, no pertenecía ni al clero ni a la nobleza, sino a esa inmensa muchedumbre de desheredados de los que la Gran Historia rara vez se ocupa.
El título del libro proviene de un interrogatorio donde el acusado, con asombrosa lucidez, explica cómo creía que se había formado el universo: en un caos primordial, los cuatro elementos (agua, aire, tierra y fuego) se encontraban fusionados. Aquel caos comenzó a condensarse en una masa, al igual que el queso en la leche, y en su interior, de la misma manera en que nacen los gusanos en el queso putrefacto, nacieron los ángeles y el propio Dios, por voluntad de la Santísima Majestad. A lo largo de sus páginas, Ginzburg nos revela cómo detrás de esta cosmogonía heterodoxa se entrelazaban las lecturas bíblicas y los escasos libros a los que el molinero friulano había tenido acceso, filtrados siempre por el tamiz de una cultura popular de raíces antiquísimas. La genialidad de Ginzburg radicó en demostrar que la idea de la vida surgiendo de lo inerte (los gusanos del queso) no era una simple superstición pueblerina; era, en aquella época, patrimonio del debate científico culto y, paradójicamente, representaba una concepción materialista que se oponía frontalmente al dogma de la creación divina.
Permítaseme, a modo de colofón, abandonar por un instante el tono académico para dejar paso a la memoria personal. Fui apenas un joven doctorando, becado en los vetustos pasillos de la Scuola Normale Superiore de Pisa, cuando Ginzburg me acogió como tutor. Mi tesis, quizá demasiado ambiciosa, se aventuraba en la sospecha como un proceso sociocognitivo, un hermano bastardo de la duda. Aunque en ocasiones él contemplaba con irónica distancia ciertas derivas de la disciplina semiótica a la que pertenezco, sus lúcidos comentarios, sus objeciones siempre certeras, fueron el hilo de Ariadna que me guió en el laberinto babélico del conocimiento. Dejó en mí un poso inagotable, una forma de mirar los textos y la academia a la que ineludiblemente regreso. Hoy, al despedirlo, no puedo sino aplicar su propia lección: buscar en el silencio que nos deja los indicios de todo lo que nos enseñó a ver.



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